Mis hojitas.
Es curiosa, la dicotomía del amado.
¿Cuál es la tierra sobre la que enraizamos nuestras relaciones?
Al transplantar a una plantita es como si esta se enfermase, se debilita, empalidece.
¿Por qué? No son cambios evidentes, ¿Qué es lo que le cuesta tanto? Su cuerpo, su estructura intactos, pero es una tierra diferente, es el sol, cuya caricia llega diferente. ¿Qué son todas estas nuevas sensaciones? Son sus sustentos, el cambio en su entorno que aparentemente es sutil la desorienta, la asusta.
¿Cuál es el mío?... ¿Mi sustento?
¿De qué me estoy alimentando?
Hace un par de años vivía solo, mi departamento se rodeaba de plantitas. Había una en particular, le dicen Miami, es una Epipremnum aureum. La compré porque es una enredadera audaz, puede tomar las paredes, techos y esparcirse por los sitios.
Esta plantita llegó a crecer muchísimo, tanto que saqué algunas plantulas de esta y las puse en otras macetas.
Vivímos así durante un año, hasta que la vida me hizo regresar a la casa de mis padres.
Creo que lo más duro fue mudar a las plantas, porque a ellas no atienden a razones tan mundanas como la economía, las costumbres de las arrendadoras, la soledad... ¿Como les explicas?
De vuelta en mi cuarto de la infancia, algunas no se amigaron a la oscuridad, y con el tiempo se fueron mudando al jardín, a la cocina, otras más nostálgicas decidieron quedarse fuera de mi ventana donde aún coincidíamos.
La Miami, quedó en la entrada de la habitación, justo debajo del perchero.
Me apenaba mucho ver como el cambio le había afectado, desde la mudanza su semblante se había entristecido, con el tiempo perdió varias de sus hojas hasta quedarse solo con 2.
¿Será así con nosotros? En tiempos de caos buscar regresar a las bases, desprendernos de todo lo que no sea genuinamente necesario para sobrevivir.
¿Qué es lo que nos hace sobrevivir?
Fueron meses en que esta pequeña plantita se quedó así, chiquita, tímida, como dormida.
La regaba con regularidad, cuidaba la tierra, cuidaba las hojas. Y con el tiempo su color regresó.
Un día lo noté al regarla, una pequeña espinita en uno de sus tallos, de un verde claro, más tierno... Era una hoja, hoja que comenzaba a nacer, finalmente estaba bien, finalmente se sentía segura, se sentía cómoda y se aventuró a crecer.
Torpe, torpe, torpe.
Una mañana de tomar fotos, llevé conmigo la cámara... Al rato, cuando la quise colgar de vuelta, dejarla donde estaba... La coloqué distraídamente o al apuro, o quien sabe... Pero al colgarla, se cayó.
Se cayó sobre la plantita, justo encima, y al hacerlo, mutiló al instante la pequeña hojita que ni siquiera había llegado a abrirse del todo.
Era de un verde más claro, se estaba comenzando a formar, la hojita murió, y mi Miami nunca volvió a crecer otra hoja, hasta el día de hoy es una plantita muy pequeña, ahora está en el velador, junto a la ventana. Y por más que la riegue, por más que la cuide, nunca creció otra vez.
¿Y yo? Solo espero que algún día encuentre la forma de volver a confiar, de volver a verse segura en su entorno, de volver a arriesgarse.
¿Cómo creamos vínculos que curen las heridas?
Quiero confiar.
Quiero dejar a mis hojitas crecer.
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