Las copas de los arboles.

 

¿Puedes ver las copas de los árboles?

Solíamos pensar que llegaríamos hasta ellas, pero en algún punto aprendimos a observar.

Recuerdo que tus pequeñas manos se agarraban de las ramas más firmes y poco a poco ascendías.

Yo te veía, creo recordarlo así.


Los lejanos asuntos de la ciudad de momento llamaban tu atención; se tomaban de tus sentidos, pero rápidamente los perdías. No le pertenecías. 

 En ese momento, solo en ese momento se nos permitía no pertenecer.

Reías, recuerdo que reías. 

Reías lindo, sin pretender. 

Un bichito que no sé de qué te hablaba se había posado en tu mente.

Creo que no te lo dije, nunca supe por qué reías y tú nunca supiste por qué reía yo. 

¿Mi reír?

Estaba ahí, estaba contigo. 

¿Qué otra razón necesitaba?


Me puse de pie, estiré mis brazos, hacia una ramita y por un momento me sentí parte de ella. 

Me sentí tronco, me sentí rama, hojitas. 

Me hiciste intentar, me hiciste querer escalar. 

Sé que era algo torpe, algo ingenuo, pero también sé que si lo estaba intentando. 


Poco a poco me acercaba hacia ti, eso parecía entusiasmarte, trepabas con rapidez.


No sé cuánto fue, unos segundos, unos años, pero llegué a tu lado. 

Llegué a tu lado. 


Tu respiración no estaba agitada, llevabas un rato ahí

Tus manos descansaban en tu regazo; tus ojos descansaban en esa montaña donde el sol había decidido ir a descansar.

Una pequeña oruga en tu hombro te delataba; ustedes siempre fueron amigos.


Nuestros ojos se encontraron, y por un momento sentí que me veías, una media sonrisa acompañó tu mirada, mierda. Creo que nunca más me volví a sentir así. 

Un suave beso en la mejilla, un par de dedos acomodándome el cabello. 

Nunca había necesitado menos, y nunca había tenido absolutamente todo lo que necesitaba.


Esta te la dedico a ti.

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