Un cielo nublado.

Un último hilo de luz desaparece detrás del humo.

ya no habían direcciones, no había bien ni mal, eso ya no existía. El caos me rodeaba, me formaba, me consumía.

Poco a poco los quejidos cesaban, iban perdiendo fuerza hasta extinguirse, pero esto no era ningún alivio; dejaba de escucharlos, pero el sonido de las balas no se iba, las bombas explotaban en intervalos casi rítmicos, como si siguiesen un orden, como si tuviesen algún sentido.

El horror ya no me invadía, las lágrimas ya no brotaban de mis ojos.

Poco a poco me dejaban de doler los cortes, los golpes, los rasguños y las heridas; de estas brotaba silencioso ese líquido que antes circulaba dentro de mí.

No sentía nada, ya nada se escuchaba.

El silencio se hizo dueño del mundo y yo agradecí, el aire abandonó lentamente mis pulmones y una parte de mí sabía que ya no se llenarían más.

Levanté la mirada y mi único deseo en ese infinito segundo fue poder ver aunque sea un segundo el sol, bañarme en su luz, que sus caricias me toquen, por una vez más.       

Morí esa mañana, todavía observando el humo llenar el cielo.

Comentarios

Entradas populares